Goran Bregovic, Maestro de Ceremonias del Festival de Otoño. Foto: Tatiana Paz Margulis.

Juanita bailó ocho horas seguidas, desde el atardecer hasta bien entrada la madrugada. ¿Música electrónica? ¿Pastillas? No: músicas del mundo, klezmer, fado y Festival de Otoño. Goran Bregovic y su Wedding and Funeral Band se extendieron hasta las 2 de la mañana, en la primera jornada de 10 días que prometen.

El Lawn Tennis Club comenzó a llenarse desde las 18 hs. La gente podía disfrutar de una variada (aunque no muy popular) oferta gastronómica: sushi (8 porciones por 20$), shawarma, hamburguesas (8$) y panchos (8$). Una tarde multicultural, también, por los sonidos que se avecinaban mientras caía el sol. A pesar de que todas las ubicaciones eran de sentado, el público se arremolinó adelante para el set de Bregovic ante la evidente poca concurrencia de la platea.

Goran Bregovic salió al escenario a las 0:10 hs, luego de que sus trompetistas dieran el inicio tocando entre el público. Cinco vientos, dos coristas y un joven percusionista que cautivó la atención del público (no solo femenino). El cantante subió de impecable blanco y, tras darle un billete de 50$ a cada músico, se calzó la guitarra y se sentó en la silla de la que no se levantaría por las siguientes dos horas.

Pasaron algunos clásicos, como “In the death car”, “Kalashnikov” y “Gas gas”. La gente bailaba abajo del escenario, a pesar de la (esperable) mala calidad del sonido en ese sector por la ausencia de parlantes.

Antes había pasado la portuguesa Misia. Su propuesta fue probablemente la más redonda y acorde con el espíritu del festival. La cantante acompañada de guitarras y mandolinas nos deleitó con fados, tanto clásicos como contemporáneos, y una conmovedora versión de “Naranjo en flor”. Fue un set muy teatral, intercalado con breves y sentidos discursos de la cantante. En pocos minutos logró cautivar al público y crear un clima íntimo y cálido, transportándonos instantáneamente a las calles de Lisboa.

El primero en calentar la noche fue el misionero Chango Spasiuk a las 20:30 hs, con su combinación de chamamés y experimentación. La percusión casi acuática y los largos pasajes oníricos fueron probablemente la mejor parte, aunque el público se extasiaba durante los segmentos más tradicionales. Terminó con una muy festejada (y populista) del piazzoliano “Libertango”.

La velada había empezado con Boom Pam, un trío israelí que tocó media hora y terminó vendiendo discos a las 2:30 de la mañana en la vereda del club para juntar plata para el bondi de vuelta. Su propuesta musical era realmente interesante: tuba, guitarra eléctrica Jaguar tipo Cobain y batería. Mucha distorsión, klezmer y power. Como Black Sabbath tocando en Hannukah. Juanita los disfrutó, aunque hubiera sido mejor en la playa tomando un cóctel de frutas.

Juanita goza de empatía con la música. Esa noche disfrutó del ritmo. Tambien se llevó a su cama el sentimiento de los músicos al interpretar sus melodías. No estaban actuando. Gozaban y sentían cada nota que tocaban. Juanita se fue feliz del festival porque sintió que esa noche logró su cometido. Ese compromiso tan profundo que tiene con la música.

Hasta la Mañana, “Gas gas”.