Bob Dylan se subía al escenario. Cualquiera. Cualquier teatro más o menos importante de los Estados Unidos de principios de los 60. Tenía 21 años, el pelo enmarañado, una guitarra y una armónica.

“Acepta como una mujer
hace el amor como una mujer
duele como una mujer
pero se quiebra como una simple niñita…”
*

Bob Dylan se ponía sus anteojos oscuros cuando salía a la calle. La gente se lo cruzaba. Juanita se imagina cruzarse con semejante baluarte. No puede. Bob Dylan se burlaba de su “par” inglés, Donovan. Y después salía con la guitarra y la armónica.

El mundo se caía a sus pies.

Louise está genial, está cerquita,
es delicada y luce como un espejo
pero dice de un modo muy conciso y claro
que Johanna no está.
El fantasma de la electricidad aúlla en los huesos de su cara,
donde estas visiones de Johanna han tomado mi lugar.
*

¿Qué queda por hacer? ¿Cuántos caminos por recorrer nos ahorramos con la música? ¿Cuánto más sobre amor podemos aprender de un poeta, de un músico, que golpeándonos la cabeza una y otra vez contra esa fuerza que nos lleva? Que nos atrae y nos repele.

Cuando ella dijo
“no te gastes, son todas mentiras”
lloré, ella estaba sorda
y me hizo caras hasta que me partió los ojos
Después  dijo “qué más tenés”
Fue entonces que me levanté para irme
pero me dijo “no te olvides,
todos tienen que dar algo de vuelta
por lo que reciben”
*

Como la música.

Foto: Tatiana Berghmans