Nacho y los caracoles. ¿Quién carajo es?, podrán preguntarse. Juanita se pregunta, sí -pero tambén escucha, también camina, también sale los domingos a la noche, con frío, a recorrer “lugares con parlantes”, como decía Gustavo.

El pasado domingo 3 de julio posó su oído alado en Vuela el pez, “club de arte”, lindo espacio por la zona de Córdoba y Julián Álvarez. Ahí, entre sillones, luces cálidas y buena música, Juanita pudo cobijarse del frío que azotaba la ciudad de Buenos Aires en una noche plenamente invernal (¿infernal?)

La gente haciendo “puerta”, a la intemperie, auguraba una convocatoria nutrida. En efecto. Juanita se escabulló por las hendijas del periodismo hasta lograr un cómodo lugar en el salón principal del Pez, más específicamente recostada en un puff sobre el “escenario” que, particularmente hoy, no oficiaba de tal.

Nacho Rodríguez y sus dos compañeros músicos aparecieron a las 10 y cuarto de la noche (solo una hora y cuarenta y cinco minutos después de lo anunciado…), emergiendo de entre una masa compacta de jóvenes cool que estaban ansiosos por su folk-pop inofensivo que tanto nos gusta. Y hubo de eso: “Escuadras” (“todo es cuadrado” “hoy desperté/ y no tengo a nadie al lado”), “Baila!”, “Chinita”, “Angelitos”, el hermoso “Día nublado” de Doris.

Los sonidos básicos del trío (guitarra criolla, contrabajo y percusión-batería, todo sin amplificar) se enriquecían por momentos con algún níveo metalofón o los coros (destacadas armonías vocales) de los dos músicos sumándose al cantante. Instalados en medio de la gente, se generó una intimidad difícil de lograr en otros ámbitos.

Juanita se sintió parte de una comunión, de un momento de confluencia entre los cursos de vida que nos llevan, cada uno por su lado, a compartir algo tan inmaterial (y concreto) como la música.