La música nace en cualquier lado. Juanita lo sabe, lo percibe en su sensible escuchar, estar atenta alrededor. En la calle, en el campo, en el cielo o en el suelo. Sonidos conectados que, para ella, son una sucesión perfecta capaz de captar todo lo que sucede a su alrededor. “Siento que está muy lejos, pero está acá”

Arcade Fire se mandó una película del más allá. Es de la época de Neon bible, disco oscuro pero iluminado de luz negra, de gases eléctricos que brillan como la luna, fuera de nuestro alcance de la mano. La mística que lo rodeó está ahí: el órgano de una tremenda iglesia antigua, calles desiertas en una ciudad como del siglo XV.

Y canciones. Y música.

Ver a un cantante solo, parado en medio de la lluvia bajo techo en un balcón donde apenas entran él y el micrófono de pie. Cantando. Él escucha algo que vos no pero percibís la continuidad, sentís que algo se está generando, que algo va a quedar y que si ese tipo está haciendo eso ahí es porque es el preciso lugar del mundo en el que tiene sentido que eso suceda. No puede pasar en ningún otro espacio, momento, razón o circunstancia.

Ver a cinco músicos con auriculares en el pasillo de una iglesia ante otro micrófono de pie, el mismo, lo mismo da. Silencio. Un vago repicar de bombo, están escuchando el tema, están esperando eso que saben que va a venir pero no se puede adelantar, es trampa, es alterar el curso de las cosas y mi corazón se vuelve delator. Llega y todos gritan: ¡HEY! Vuelve el silencio.

Ver a ocho músicos, no sé, o nueve, en un ascensor, el foco se va alejando pero es claramente un ascensor. Están tocando una canción usándolo como instrumento, como caja de resonancia, como casa, como proyección, como corazón. Uno guitarra, otra golpea el techo, otro rompe una revista, otra violín, todos suenan. Todo suena. Todo rima.

Juanita was there.