Jack White finalmente se mandó solo.

Se nota que es más que una batería y una guitarra (en el sentido no peyorativo, aclaremos). Una chuza de blues en plena yogular, derechita al corazón.

Está la parte más White stripes (“Sixteen saltines”), pero claramente sacó a la luz ese niño blusero y director de orquesta.

Dejó de ser una banda garage. No sé si decir más pop, pero antes nombrabas a los White stripes y sabés quiénes son los músicos; ahora decís Jack White, ¿y quiénes son los músicos?

Cuando empieza “Love interruption” te das cuenta de que algo pasó en el corazón de Jack antes de hacer el disco. El blues a lo yanki es lo que el tango acá: amor, melancolía, borracho, todo junto. Siempre hizo lo que quiso y le salió muy bien.

La estética es como un viaje en el tiempo. Atrás quedaron el rojo, el negro y el blanco. Mucho celeste pálido, desaturado, color que se perdió en el tiempo.

Aparte tiene dos bandas: una de hombres y una de mujeres. Juanita se pregunta: ¿qué pasa después de los ensayos?

El tema de Little Willie John como todo buen blues tiene: un gran nombre del compositor, y un momento en que todos se callan y hay aplausos.

Es muy yanqui, lo escuchás y claramente es una banda de Estados Unidos. Por fin un disco nuevo que no se parece a Muse ni a Arctic Monkeys. Algo más de siempre, de todos. Lo contemporáneo busca ser tan contemporáneo que deja de ser contemporáneo. Don’t forget the flowers. Nac & pop.

“Ese pianito blusero me mata” (Hypocritical kiss)

Las canciones son más largas. El ataque se sigue sintiendo pero tarda más. Y a veces te seduce antes del golpe. ¿Por qué la necesidad de ser diferente y no caer en lo tradicional? “Seamos raros”: entonces no queda nada.